¿Es posible pensar a las marginaciones sociales en clave de derechos?

No solo que es posible sino que es necesario. ¿Cómo necesario? ¿Acaso las marginaciones no significan una ruptura con los mecanismos de inserción formal de las personas? Efectivamente, sin embargo la necesidad de aplicar un enfoque de derechos a la aproximación conceptual del amplio espectro de las marginaciones sociales se presenta como el primer paso para poder restituir poder a aquellas personas que han sido desplazadas del conjunto de oportunidades para integrarse en la sociedad que les toca vivir.

¿Cómo se aplica? En primer lugar es necesario conocer el denominado “enfoque de derechos” aplicado a las estrategias de desarrollo. Esto significa que se van a considerar el amplio conjunto de principios, reglas y estándares que integran el conjunto de derechos humanos fundamentales en el momento de fijar pautas y criterios para el diseño e implementación de estrategias de desarrollo sustentable y con mayor interés aún, en materia de políticas sociales. Estos estándares jurídicos (garantizar al menos el contenido mínimo de los derechos, no aplicar políticas regresivas sino progresivas, universalidad, participación ciudadana) y principios (como el de igualdad y no discriminación, acceso a la justicia, acceso a la información pública) se utilizan para desarrollar una matriz útil en la definición de las políticas y estrategias de intervención tanto de los Estados como de los actores sociales y las agencias de cooperación para el desarrollo, como también para el diseño de acciones para la fiscalización y evaluación de políticas públicas. A partir de este enfoque, resulta posible evaluar estándares mínimos de derechos contenidos en las actuales políticas de desarrollo como también en las políticas públicas, al tiempo que permite analizar los alcances del principio de igualdad, de participación social, de no discriminación y el “empoderamiento” (empowerment) de sectores vulnerados.

Siguiendo la argumentación principal de éste enfoque, el empoderamiento de los sectores excluidos comienza por reconocer que los mismos son titulares de derechos que generan obligaciones al Estado. Así este abordaje marca un punto de inflexión en la dinámica de los procesos sociales de las últimas décadas, particularmente las políticas sociales focalizadas promovidas por los organismos internacionales de asistencia crediticia y adoptados por diversas instancias gubernamentales. Por ende, uno de las formas de abordar la marginalidad consiste en analizar la gama de políticas, programas y proyectos de “combate” a la pobreza y asistencia a los sectores vulnerables, ya que estos debilitaron el vínculo entre Estado y destinatarios de políticas sociales, provocando en muchos casos la estigmatización de los ciudadanos como meros receptores de la asistencia del Estado y/o de las políticas. Esto que tanto se ha escuchado de los “beneficiarios” de las políticas sociales o de los planes de transferencias de ingresos.

Por el contrario, el enfoque de derechos busca contribuir a que los Estados puedan cumplir con las obligaciones que les compete en virtud de los mandatos incorporados en las Constituciones políticas, sus compromisos aplicados en los Pactos y Tratados Internacionales, que el caso de Argentina tienen jerarquía constitucional y el marco actual en que se desarrollan el conjunto de políticas, que en la mayoría de los casos distan de ser respetuosas de los derechos humanos. Se trata de cómo los Estados logran restituir el ejercicio de los derechos económicos, sociales y culturales (DESC) y del conjunto de derechos humanos en general.

De esta forma, más allá de la retórica de derechos que en algunos casos se sostiene, las reformas estructurales aplicadas durante los años ochenta y noventa, transformaron el modelo de acumulación, la lógica de distribución de la riqueza, pero también las capacidades y oportunidades de la población, las que son claramente residuales. En múltiples sentidos la pobreza se profundizó por la aplicación de las políticas heterodoxas de cuño neoliberal en donde, no solo se transformó la lógica de funcionamiento del Estado en materia económica, sino particularmente política y social y desembocó en que la marginación social sea una suerte de “contingencia social” que solo puede ser abordada por el conjunto de la sociedad.

Entonces, cobra sentido interrogarnos si podemos pensar que es viable implementar un enfoque de derechos en países como Argentina que se caracteriza por los altos contrastes y por la inequidad? Y aquí no caben eufemismos: no solo es posible sino que es una obligación jurídica que tienen los Estados. Esto es, están obligados a hacerlo.

El camino que el enfoque de derechos marca es de enorme potencialidad no solo para lograr una mayor institucionalidad en las políticas sociales, sino para superar contextos de marginación, pobreza e inequidad. Pero solo con derechos no es suficiente, se requiere asimismo de un enorme compromiso político y social. A generar el consenso en post del respeto de los derechos humanos estamos todos convocados.

Laura Pautassi
Investigadora Conicet-Instituto Gioja, Facultad de Derecho Universidad de Buenos Aires

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MARGINACIONES SOCIALES Y RESISTENCIAS

Margarita Robertazzi (Facultad de Psicología)

El Programa sobre Marginaciones Sociales de la Universidad de Buenos Aires comenzó con un debate acerca de su propia denominación.
Indudablemente, investigadores e investigadoras de distintas unidades académicas, celebramos esta iniciativa de la universidad pública de ponerse al frente de su responsabilidad social, al abordar uno de los efectos más críticos producidos por la actual etapa del capitalismo: el número creciente de personas que quedan al margen y en los márgenes de los derechos igualitarios proclamados en la modernidad.
La denominación de marginaciones sociales, en plural, resultó la más adecuada para dar cuenta del aspecto diverso, inacabado y procesual, en el que los efectos de las tensiones inclusión-exclusión producen subjetividades dislocadas. Ya se trate de diferencias étnicas, religiosas, económicas, culturales, ideológico-políticas, sexuales, de género, entre otras.
La pluralidad de problemáticas que puede y debe abordar un programa con estos propósitos resulta de tal complejidad que requiere de referencias múltiples, provenientes de distintas disciplinas.
Uno de los rostros de las marginalizaciones sociales es el que produce la pobreza, la que resulta atentatoria contra la vida misma y su reproducción. Desde el punto de vista de la psicología, y más específicamente de la salud mental, no es tarea sencilla concebir la salud de personas carenciadas, con difícil acceso a la alimentación, al trabajo, a la vivienda, a la educación, a los mismos servicios de salud. Violencias capaces de multiplicar otras expresiones violentas.
En el contexto de la globalización periférica, luego de tres años de agudísima recesión y tres décadas de sostener un modelo económico para pocos, germinaron, no obstante, en nuestro país un abanico de movimientos sociales que resisten la exclusión, con mayor o menor grado de visibilidad y con propuestas más o menos vitales.
Frente a la pauperización, algunos sectores desarrollaron acciones sociales novedosas, evidenciando transformaciones subjetivas e intersubjetivas, lo que les permitió hacer oír su voz en el espacio público, pasando así de la periferia, o los márgenes, al centro de la escena pública.
Entre muchos otros grupos, se encuentran cartoneros y cartoneras, desplegando sus tareas en el centro de la ciudad; vendedores/as de la revista “Hecho en Buenos Aires”; trabajadores/as que recuperaron sus propias empresas vaciadas y las pusieron nuevamente a producir.
Algunos colectivos mostraron posiciones conformistas o fatalistas; otros esperaron la antigua asistencia, muchas veces mesiánica; y hubo sectores que decidieron enfrentar los problemas con sus propios y, a veces, escasos recursos. A distintos modos de resistencia parecen corresponderles distintos desenlaces: algunos son vitalmente multiplicadores, mientras que otros conllevan dimensiones mortíferas .
Las diferentes posiciones subjetivas e intersubjetivas abren un campo de interés para distintas disciplinas, entre ellas para una psicología social histórica, que es al mismo tiempo cultural y política.
Lo que celebramos es que se propicie un tipo de investigación que permita dar cuenta de la experiencia histórica de sujetos y colectivos que, en un contexto de modernización excluyente, alzan la voz para obligarnos a reflexionar en la insuficiencia de un consenso democrático, si no da lugar, como tarea ética, a los distintos conflictos que lo habitan, escuchando con atención las voces de quienes están más silenciados.

Marginación y Economía

Javier Lindemboin (*)

Es reconocido el hecho de que el entramado de relaciones sociales es de una riqueza muy amplia dentro del cual podemos identificar con propósitos analíticos ciertos aspectos a los que se les asigna pertinencia y relevancia.
Entre los múltiples elementos constitutivos del proceso social que genera diverso tipo de marginaciones, se ubica indudablemente el de la inserción en el proceso productivo. La participación (o no) en dicha instancia, las formas -habitualmente escasamente satisfactorias- en que la mayor parte de los integrantes del mismo logran apropiarse de parte de los resultados, la perduración de modos de inserción irregulares o desprotegidos, la distancia creciente entre la masa de bienes y servicios producidos y la accesibilidad a ellos a partir del proceso productivo en cuestión La inequidad distributiva es relevante tanto en relación con valores éticos esenciales cuanto en términos de la propia continuidad del proceso económico (realización de la producción).
Las discusiones conceptuales en América Latina en torno del comportamiento socio económico de la región y de las evidencias sobre los rasgos dominantes de inequidad se han focalizado en las últimas décadas en torno de las medidas de dispersión o de concentración del ingreso percibido por las personas o las familias. Desafortunadamente, no han incluido, por lo general, el referido a la manera en que los factores productivos logran apropiarse de la riqueza que anualmente se genera en cada uno de nuestros países.
Es precisamente debido a la preocupación por no quedar en las evidencias más visibles que se rescata aquí la inquietud por la distribución funcional (o apropiación factorial) del ingreso. Simplificando quizás en demasía, podemos convenir que los ingresos de los hogares (cuyas disparidades a menudo son objeto de meticulosos análisis según su estratificación) no son obtenidos por obra del azar o de circunstancias más o menos fortuitas. Esencialmente, están determinadas por la posición que los miembros del hogar tienen en el proceso productivo: ese ingreso puede derivar del desempeño de tareas asalariadas, de la propiedad de unidades productivas, del trabajo autónomo o por cuenta propia. Vale recordar que en Argentina -desde hace décadas- tres de cada cuatro integrantes de la Población Económicamente Activa corresponden a los asalariados
Las facetas múltiples del circuito productivo incluyen no sólo la instancia de generación de bienes y servicios finales (habitualmente estimada en virtud de la cuantificación del aporte hecho por cada una de las ramas de actividad, según las clasificaciones existentes o disponibles) sino también la de la utilización de los mismos en sus roles principales asociados con la naturaleza diferencial de los diversos componentes de la demanda (consumo privado o de los hogares; consumo público; inversión; exportaciones netas). Pero, al mismo tiempo, se predetermina la apropiación que pueden realizar los partícipes en dicho proceso. El Producto o Valor Agregado, dicen las cuentas nacionales, no es otra cosa que el nuevo valor que incorpora el ciclo productivo por sobre el preexistente (expresado en los insumos utilizados). Y ese nuevo valor se descompone en la retribución factorial, es decir en salarios y excedente de explotación.
Las diversas concepciones teóricas explican de distinto modo ese reparto. Algunas aluden a la existencia de una determinación de la cuantía del salario vía la productividad del trabajo. Otras en cambio sostienen que tal retribución cubre apenas una porción del valor que ese mismo trabajo ejercido logró plasmar. Pero aún dejando pendiente de dilucidación dichos mecanismos no parece haber posibilidad de dudas acerca de que es en ese proceso productivo cuando se determina el monto a repartir y, por supuesto, cómo hacerlo.
Luego de ello podrán existir mecanismos variados a través de los cuales la sociedad puede “interferir” en tal reparto. Sin dudas uno de los más importantes es el ejercido por la acción estatal que puede imponer cargas fiscales para proporcionar bienes o servicios (o, incluso, erogaciones en moneda contante y sonante) de modo tal que puedan morigerarse las inequidades surgidas del proceso económico vigente. De manera que el reparto inicial (o distribución primaria) es seguido -o, al menos, es posible que sea seguido- por otro cuya denominación apropiada es de redistribución (o distribución secundaria).
El resultado de ambos procesos o mecanismos termina expresado en la magnitud de los ingresos disponibles para las personas o las familias. Por lo tanto, la consideración de la cuantía diferencial de esos ingresos nos informa cabalmente de la inequitativa disponibilidad de los ingresos, pero no de la fuente específica de la misma.
Precisamente este complejo proceso no es el que suele estar en condiciones de ser capturado cuando se pone el acento principal en la indagación de las circunstancias inmediatas, en vez de las de orden estructural o de largo plazo.
De tal manera una de las fuentes principales de marginación social radica en la estructura de relaciones sociales engarzada en el proceso productivo al menos en un doble sentido. Por una parte, por la inclusión, o no, en dicho proceso. Existen mecanismos que expulsan (o, al menos, no incorporan fácilmente) a porciones de la población de la actividad económica típica del capitalismo.
Por otra parte, y quizás de manera más intensa, se da el proceso ligado no con la segregación de la actividad económica sino con un tipo de vinculación no sólo dependiente o subordinado (la relación asalariada) al que se le agrega un deterioro cuantitativo y cualitativo de dicha relación. La calidad del vínculo salarial viene siendo fuertemente perjudicada a través de múltiples mecanismos que finalmente se denotan como trabajo precario, inestable, desprotegido, etc. en proporciones alarmantes. Ello se da además de un claro proceso segregador cual es el de una declinante capacidad adquisitiva del salario o bien en una disminuida participación de los trabajadores en la percepción o apropiación de la riqueza producida socialmente. Tal tipo de marginación no agota sin duda la conflictividad social pero indudablemente está expresando uno de sus contenidos estructurales de mayor relevancia.

(*) Economista, investigador del CONICET profesor en la UBA y Coordinador del Seminario de Integración y Aplicación en la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Buenos Aires.

Mercado de trabajo, distribución del ingreso y proceso de marginación social

Entre los múltiples elementos constitutivos del proceso social que genera diverso tipo de marginaciones, se ubica indudablemente el de la inserción en el proceso productivo.
La participación (o no) en dicha instancia, las formas –habitualmente escasamente satisfactorias- en que la mayor parte de los integrantes del mismo logran apropiarse de parte de los resultados, la perduración de modos de inserción irregulares o desprotegidos, la distancia creciente entre la masa de bienes y servicios producidos y la accesibilidad a ellos a partir del proceso productivo en cuestión
La inequidad distributiva es relevante tanto en relación con valores éticos esenciales cuanto en términos de la propia continuidad del proceso económico (realización de la producción).

Habitar y proyectar: Ir más allá de la gestión compartida como modo de inclusión

Muchas de las propuestas proyectuales, con el significativo objetivo de superar situaciones de marginación social en la ciudad, sólo han reforzado la estigmatización de los habitantes que padecen tal condición. Esto es resultado de que sus estrategias han operado desde una lógica de opuestos, instaurada académicamente: “ciudad legal / ciudad ilegal” (Hardoy; Satterthwaite, 1987); o bien en lo geométricamente rotulado: “ciudad formal / ciudad informal” (Solá Morales, 1996; Wigley, 1998;  Sassen, 2005); o el tradicional par “centro / periferia”, aun vigente.
Sin embargo, en los últimos años han aparecido nuevas miradas y políticas de reformulación y acción, fundamentadas en la necesidad de un pronto reciclaje o superación de las antedichas categorías, indudablemente perimidas, y que acerco aquí para el debate.
En Latinoamérica, en la búsqueda de mejores condiciones de habitar –y por la necesidad imperiosa de un acercamiento a los centros urbanos para acceder al mercado laboral- los grupos sociales más desposeídos marcan en el territorio su condición de exclusión, radicándose en las tierras que “la ciudad” va dejando vacantes. Generan de este modo un hábitat, que se sitúa entre dos polos de tensión: la apropiación y la represión (Doberti y otros: 1999) .
La apropiación surge de la exigencia de satisfacer las necesidades básicas de un espacio con techo. Se hacen propios, de un modo muy precario, tanto el terreno –generalmente de propiedad del Estado– como de materiales que son reciclados – chapa, cartón, nylon – para configurar su primer instalación . El polo de la represión es el límite de las apropiaciones, siempre variable, confundiéndose lo propio con lo apropiado, otorgándole rasgos de fragilidad e inestabilidad.
Pero es dable destacar que pese a la represión latente, dicha apropiación se expone espacialmente manifiesta en el territorio de la ciudad. El reclamo político del “derecho al techo propio” como elemento de justicia social, ya sea desde la petición popular o desde la gestión de la política estatal, necesariamente ha estado referido, simultáneamente, a la adquisición de la tierra y al acceso a una vivienda digna.
Sin embargo, en los tiempos que corren y ante el intento de observar desde un enfoque social la dimensión más tangible del conflicto de la vivienda, nos compromete a interpretarla como un elemento de exclusión o inclusión en la ciudad que conlleva, consecuentemente, el derecho a la ciudadanía.
El concepto de apropiación que vincula, desde una mirada interdisciplinaria, a los proyectos urbanos con las prácticas y saberes antropológicos y sociológicos, nos permite hoy hablar, además de la aparición de nuevas centralidades urbanas, de inéditas facetas de interacción socio-estatal, en recortes urbanos que anteriormente no eran considerados en el mapa político.
Observamos que esta dinámica se traslada a la implementación estratégica de una diversidad de políticas de estado, que no sólo son apropiadas y aprehendidas sino modificadas por la participación neurálgica de los grupos sociales en cuestión. En palabras de Jordi Borja  (2002), podemos concebir la situación de la siguiente manera: “La ciudad es a la vez `estado formal de derecho ´ y `derecho real a la transgresión”.
La co-participación de habitantes, técnicos y estado nos lleva a recordar a Merleau Ponty (1973)  , dándonos palabras para decir que perseguimos nudos de significación que no son ni estáticos ni universales, sino que se encuentran en trance de hacerse y deshacerse dentro de la trama de la experiencia y el saber.
En esta interacción, en muchas cosas exitosa, lo que cabe preguntarse es: ¿hasta que punto todos los grupos destinatarios de las políticas estatales de vivienda y urbanización cuentan con las herramientas para articular las estrategias que se le ofrecen? Y la condición necesaria de incorporarlas, ¿No entraña una nueva modalidad de exclusión?

Liliana D’Angeli – Facultad de Arquitectura/UBA

 

[1] Doberti, R; Giordano, L; D´Angeli, L; Petrilli, M; Fernández Castro, J;  Misuraca, A. La Incógnita del Gran Buenos Aires. Edición CAPBA.  Morón, Argentina. 2000.

[1] Luego se percibe una consolidación de la apropiación, reemplazando los materiales efímeros por otros más perdurables, como bloques y ladrillos. La Villa 31, en el barrio de Retiro de la Ciudad de Buenos Aires, tiene viviendas construidas por sus habitantes con una tipología urbana de Planta baja y hasta cuatro pisos en altura. Además de estar provista de locales comerciales del tipo llamado “corralón de materiales”, gran parte de su población son trabajadores ilegales de la construcción, sin derechos laborales.

[1] BORJA, Jordi. La Ciudad Conquistada. En Café de las Ciudades. Revista digital de aparición mensual – año 1 – número 2 – diciembre de 2002. [www.cafedelasciudades.com.ar/numero_dos.htm#tendencias] {Consulta: 11/6/2005}

[1] Merleau-Ponty, M. 1973: Signos, Ed. Six Barral, Barcelona.

 

Las marginaciones sociales en el mundo del trabajo

La estrecha vinculación que existe entre los cambios estructurales de fines del siglo XX y el quiebre regresivo de las oportunidades de movilidad socio-ocupacional es una idea fuerza ampliamente aceptada en el discurso tanto académico como público. Avala esta línea del diagnóstico una amplia estadística social que describe detalladamente el alcance del problema en términos de pobreza, desempleo, precariedad laboral y desigualdad. Sin embargo, cabe advertir que por mucho que el deterioro haya sido visualizado a través de sus consecuencias socialmente indeseables, esto no implica una comprensión acertada de la problemática de fondo.
En tal sentido, no sorprende que las ciencias sociales no dispongan todavía de una explicación al porqué los logros educativos alcanzados por las nuevas generaciones, las significativas mejoras en las tasas de empleo, los sistemáticos aumentos de salarios y la reactivación de las convenios colectivos, la mayor inversión pública orientada a mejorar la infraestructura y los servicios sociales, la mayor masa de ingresos que se transfiere actualmente a través de programas sociales, entre otros factores, todos ellos tomados de manera conjunta en sus efectos distributivos, no logren erradicar la pobreza y superar la fragmentación social.
Esta aparente paradoja se esclarece cuando se reconoce la emergencia histórica en la Argentina de una nueva matriz económico-social más segmentada, desigual y subordinada que la vigente hace tres décadas atrás, la cual es capaz de fluctuar siguiendo los ciclos económicos pero sin que ello implique cambios cualitativos en términos de progreso y movilidad ascendente para los sectores sociales más rezagados. De nuestros hallazgos de investigación surge como un hecho objetivo la subsistencia de múltiples y variadas expresiones de marginalidad que funcionan como una condición estructural suficientemente integrada al resto del sistema económico y político. Al menos, tales hallazgos permiten poner en duda los argumentos que a manera de “espejismo” sostienen que la actual fase político-económico ha puesto en vigencia un cambio cualitativo de rumbo; a la vez que exigen continuar investigando los entramados sociales y mecanismos institucionales que hacen posible esta reproducción social de la marginalidad.

Agustín Salvia

Reproducción social de la nueva marginalidad urbana. Proyecto Agencia-FONCyT – PICT 33737.
Programa Cambio Estructural y Desigualdad Social / Instituto de Investigaciones Gino Germani
Facultad de Ciencias Sociales, UBA

Marginaciones

¿Por qué será que los temas de infancia y adolescencia –principalmente los primeros- despiertan un interés especial? Tanto a la gente en general –también me refiero a los medios de comunicación de gran incidencia en la delimitación y materialización del llamado “imaginario social”, como a los investigadores y quienes están en la acción cotidiana, el tema de la infancia genera una cierta “atracción” (muchas veces, cercana a la “atracción fatal”, lo cual es altamente peligroso hasta dañino).
Esta es una de las tantas inquietudes que me genera la repercusión que ha tenido “la puesta en acto” del Programa de Marginaciones Sociales que se desarrolla en el marco de la Secretaría de Investigación de la Universidad de Buenos Aires.
Sin lugar a dudas, “las marginaciones sociales” constituye un nudo (o una maraña de nudos) problemáticos de tinte transversal, inter- multi o transdisciplinar (como se le quiera decir) y complejo, precisamente, las mismas dimensiones que le caben a la cuestión de la infancia y la adolescencia. Es por ello que las problemáticas que azotan o deben enfrentar este modo de clasificar a la sociedad (una manera, como tantas otras, en este caso fundado en la edad y el desarrollo madurativo de las personas) no podía quedar afuera. ¿Pero dentro de cuál de los 5 ejes o componentes del Programa se incluye esta temática? ¿Educación, el complejo Salud-enfermedad, Territorio, Trabajo/producción o Violencias? Todos y cada una de ellas, porque desde una mirada integral como la que propone –de manera obligada- la doctrina internacional de los derechos humanos, la violación del derecho a la educación, el derecho a la salud, el derecho a un lugar –mucho más que una vivienda digna-, el derecho a una calidad de vida, el derecho a la no violencia –entre otros- de niños y adolescentes constituyen abiertas situaciones de “marginaciones sociales”.
Este Programa, en mi opinión, nace de “necesidades” y “desafíos” que toda institución con un “piso mínimo” de compromiso social como la Universidad pública, debe movilizar y generar de manera constante. La fuerza de estos dos elementos: “necesidad” y “desafíos”, son los que han llevado al Programa a problematizar e invitar a producir conocimiento científico sobre qué es de las marginaciones sociales en infancia y adolescencia, cuestión muy diferente y bien alejado de la infancia y adolescencia marginada. Por lo tanto y como punto de partida: es una necesidad y todo un desafío. El marco o mapa institucional está. Ahora resta empezar a transitar un camino, acción que podrá traer consigo la de deshacer o “de-construir” unos cuantos senderos para construir uno o varios diferentes. Tarea nada sencilla pero, de seguro, muy oportuna. Como bien se ha dicho: “No hay nada más poderoso en el mundo que una idea a la que le ha llegado su tiempo” (Víctor Hugo) ¿Serán las “marginaciones sociales” una idea-núcleo y su momento para poner en crisis “la cuestión social” y dentro de ella, la cuestión de la infancia y la adolescencia? Nuevamente será el tiempo, quien tendrá algo para decirnos.

Marisa Herrera