Javier Lindemboin (*)
Es reconocido el hecho de que el entramado de relaciones sociales es de una riqueza muy amplia dentro del cual podemos identificar con propósitos analíticos ciertos aspectos a los que se les asigna pertinencia y relevancia.
Entre los múltiples elementos constitutivos del proceso social que genera diverso tipo de marginaciones, se ubica indudablemente el de la inserción en el proceso productivo. La participación (o no) en dicha instancia, las formas -habitualmente escasamente satisfactorias- en que la mayor parte de los integrantes del mismo logran apropiarse de parte de los resultados, la perduración de modos de inserción irregulares o desprotegidos, la distancia creciente entre la masa de bienes y servicios producidos y la accesibilidad a ellos a partir del proceso productivo en cuestión La inequidad distributiva es relevante tanto en relación con valores éticos esenciales cuanto en términos de la propia continuidad del proceso económico (realización de la producción).
Las discusiones conceptuales en América Latina en torno del comportamiento socio económico de la región y de las evidencias sobre los rasgos dominantes de inequidad se han focalizado en las últimas décadas en torno de las medidas de dispersión o de concentración del ingreso percibido por las personas o las familias. Desafortunadamente, no han incluido, por lo general, el referido a la manera en que los factores productivos logran apropiarse de la riqueza que anualmente se genera en cada uno de nuestros países.
Es precisamente debido a la preocupación por no quedar en las evidencias más visibles que se rescata aquí la inquietud por la distribución funcional (o apropiación factorial) del ingreso. Simplificando quizás en demasía, podemos convenir que los ingresos de los hogares (cuyas disparidades a menudo son objeto de meticulosos análisis según su estratificación) no son obtenidos por obra del azar o de circunstancias más o menos fortuitas. Esencialmente, están determinadas por la posición que los miembros del hogar tienen en el proceso productivo: ese ingreso puede derivar del desempeño de tareas asalariadas, de la propiedad de unidades productivas, del trabajo autónomo o por cuenta propia. Vale recordar que en Argentina -desde hace décadas- tres de cada cuatro integrantes de la Población Económicamente Activa corresponden a los asalariados
Las facetas múltiples del circuito productivo incluyen no sólo la instancia de generación de bienes y servicios finales (habitualmente estimada en virtud de la cuantificación del aporte hecho por cada una de las ramas de actividad, según las clasificaciones existentes o disponibles) sino también la de la utilización de los mismos en sus roles principales asociados con la naturaleza diferencial de los diversos componentes de la demanda (consumo privado o de los hogares; consumo público; inversión; exportaciones netas). Pero, al mismo tiempo, se predetermina la apropiación que pueden realizar los partícipes en dicho proceso. El Producto o Valor Agregado, dicen las cuentas nacionales, no es otra cosa que el nuevo valor que incorpora el ciclo productivo por sobre el preexistente (expresado en los insumos utilizados). Y ese nuevo valor se descompone en la retribución factorial, es decir en salarios y excedente de explotación.
Las diversas concepciones teóricas explican de distinto modo ese reparto. Algunas aluden a la existencia de una determinación de la cuantía del salario vía la productividad del trabajo. Otras en cambio sostienen que tal retribución cubre apenas una porción del valor que ese mismo trabajo ejercido logró plasmar. Pero aún dejando pendiente de dilucidación dichos mecanismos no parece haber posibilidad de dudas acerca de que es en ese proceso productivo cuando se determina el monto a repartir y, por supuesto, cómo hacerlo.
Luego de ello podrán existir mecanismos variados a través de los cuales la sociedad puede “interferir” en tal reparto. Sin dudas uno de los más importantes es el ejercido por la acción estatal que puede imponer cargas fiscales para proporcionar bienes o servicios (o, incluso, erogaciones en moneda contante y sonante) de modo tal que puedan morigerarse las inequidades surgidas del proceso económico vigente. De manera que el reparto inicial (o distribución primaria) es seguido -o, al menos, es posible que sea seguido- por otro cuya denominación apropiada es de redistribución (o distribución secundaria).
El resultado de ambos procesos o mecanismos termina expresado en la magnitud de los ingresos disponibles para las personas o las familias. Por lo tanto, la consideración de la cuantía diferencial de esos ingresos nos informa cabalmente de la inequitativa disponibilidad de los ingresos, pero no de la fuente específica de la misma.
Precisamente este complejo proceso no es el que suele estar en condiciones de ser capturado cuando se pone el acento principal en la indagación de las circunstancias inmediatas, en vez de las de orden estructural o de largo plazo.
De tal manera una de las fuentes principales de marginación social radica en la estructura de relaciones sociales engarzada en el proceso productivo al menos en un doble sentido. Por una parte, por la inclusión, o no, en dicho proceso. Existen mecanismos que expulsan (o, al menos, no incorporan fácilmente) a porciones de la población de la actividad económica típica del capitalismo.
Por otra parte, y quizás de manera más intensa, se da el proceso ligado no con la segregación de la actividad económica sino con un tipo de vinculación no sólo dependiente o subordinado (la relación asalariada) al que se le agrega un deterioro cuantitativo y cualitativo de dicha relación. La calidad del vínculo salarial viene siendo fuertemente perjudicada a través de múltiples mecanismos que finalmente se denotan como trabajo precario, inestable, desprotegido, etc. en proporciones alarmantes. Ello se da además de un claro proceso segregador cual es el de una declinante capacidad adquisitiva del salario o bien en una disminuida participación de los trabajadores en la percepción o apropiación de la riqueza producida socialmente. Tal tipo de marginación no agota sin duda la conflictividad social pero indudablemente está expresando uno de sus contenidos estructurales de mayor relevancia.
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